Amanecer de la tercera nochenueva

Buenas noches de nuevo, viajero nostálgico. Ya he vuelto. Como podrás comprobar, más tarde que de costumbre. Pero como te dije hace un momento, por favor, ten paciencia.

Sea como fuere, ¿cómo ha sido tu cambio de año? ¿Has seguido seguido la tradición que pertoque? ¿Has oído los gritos de la gente a tu alrededor? Yo, este año, apenas si he oído un murmullo. Y creo que tampoco me he impregnado del espíritu. Quizá ahora sólo quede una larga cuesta abajo…

A fin de cuentas, de eso quiero hablar. En nuestras dos últimas reuniones hablamos del pasado. Creo que es hora de dar media vuelta y mirar hacia el futuro. Últimamente me he hecho muchas preguntas sobre ese mismo, incierto y aterrador futuro. Porque, entre otras cosas, está lleno de muerte. ¿No es irónico? Somos unos supervivientes: sobrevivimos al 20/02/2002, cuyo fin del mundo llegaba a las 20:02; sobrevivimos al 6/6/6, el día en que los demonios habían de abrirse camino hasta nuestro mundo; sobrevivimos a tantos otros fines del mundo, incluido el maya, el 21/12/2012. Pero no se ha acabado… Las pruebas continúan, un rito de paso creado por algún dios cruel y que, sin embargo, nos autoimponemos, como si disfrutáramos con la idea del fin de todo. De todo lo que odiamos, por supuesto; pero también de todo lo que alguna vez hemos amado. Y es que ya tenemos una nueva prueba: el 11/12/13. Es posible que los mayas se equivocaran pero esta nueva predicción sea más certera. O también es posible que miremos por una ventana para descubrir que el fin nos alcanzará, en realidad, con la llegada del 2100. O es posible también que descubramos alguna vez que no hay tal fin. Que esta espiral continuará descendiendo, sin cambios, sin objetivos, sin rumbo; sin final. Que todo lo que hacemos deja un diminuto eco en un infinito cada vez más grande, un eco que tardará en desaparecer menos de lo que tardamos en producirlo. Y que en la línea del tiempo no somos más que el tic-tac de un reloj eterno.

Quería hablar del futuro, y el futuro no puede empezar sino con esta tercera nochenueva. En la última no quise compartir mis propósitos para sufrir el escarnio ante el fracaso sólo a mis propias manos; me doy cuenta de que, poco a poco, me vuelvo más sabio. O quizá sólo más prudente. Los tuyos eran dignos de admiración, ¿cómo iba a ser de otra manera. Y sé qué has conseguido; el eco de tus acciones me ha alcanzado incluso a mí. Yo, por otro lado… He visto que en otros lugares no se hacen propósitos de año nuevo: piden deseos. No puedo evitar preguntarme si esos lugares son más jóvenes, y todavía no han aprendido a apuntar a la luna, o más viejos, y ya saben que jamás la alcanzarán; no sé si aún no han empezado a soñar o ya están cansados de escarmentar. No sé, en definitiva, el motivo de esta diferencia tan fundamental. Pero si cualesquiera dioses que guían los propósitos, y la fuerza y la voluntad para realizarlos, nos han de abandonar de esta manera, quizá los dioses que conceden deseos sea más benevolentes. Y así pues yo, este año, no tengo propósitos, sino deseos. Sólo uno, en realidad. Ahora mismo ni siquiera siento el calor de esta noche sin estrellas que compartimos. Con ello puedes hacerte una idea de cómo son las cosas. Y, por supuesto, mi deseo no puede ser otro. Madre Luna, por favor, lleva mi voz a quienquiera que sea que ha de oírla, o sentirla o dirigirla; lleva mi súplica a quien tenga el poder de hacerla realidad; lleva mi eco al juez que tenga que decidir si el deseo se ha de cumplir o no: que esta nochenueva marque el inicio de un año que al menos no sea peor que el que dejamos.

Quería hablar del futuro, peregrino eterno. El futuro, por definición, no existe. Al menos, eso quiero creer. Si no por otra cosa, por el simple hecho de que no quiero creer que nuestro destino está escrito. Porque si creo eso, lo que queda ya no tiene sentido alguno. Sin embargo, agradecería poder intuir al menos parte de lo que hay en el siguiente paso del camino. Quizá fuera un error; quizá me hiciera acabar como aquel hombre que quiso abarcar más de lo que era capaz de comprender, que abrió una puerta que debía permanecer cerrada y llegó a vislumbrar lo impensable. No puedo decirte qué fue de él, porque lo que entrevió lo convirtió en algo que escapa a nuestro entendimiento. Quizá fuera un error, pues. Pero llega un momento en que las dudas y la incertidumbre se acumulan de tal forma que se convierten en errores en sí mismas. Y si tú eres dudas, y esas dudas son errores… no puedes sino reconocer que tú eres un error en ti mismo.

A fin de cuentas, nadie sabe qué hay a la vuelta de la esquina. ¿Pero qué haces cuando las puertas que dejabas a tu espalda se cierran conforme las traspasas? ¿Qué haces cuando se cierra la puerta que tienes delante, pero no se abre una ventana? ¿Qué haces cuando alguien te dijo que te dejaría entreabierta una puerta lateral, un atajo, y es mentira? ¿Qué haces cuando en una encrucijada no hay señales, pero sabes que todos los caminos llevan a ninguna parte? ¿Qué haces cuando te roban tu camino principal, tu forma, tu ser? ¿Qué haces cuando las habilidades con las que construyes tus vehículos son mejores que las de los demás y sin embargo son inútiles? ¿Qué haces cuando tu luz se apaga…?

Cansado caminante…

Tengo miedo…

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Viajero nostálgico
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