Una pequeña mirada al pasado en una pequeña noche vieja

Buenas noches, cansado vagabundo.

Hacía mucho que no hablabámos. Lo sé, lo sé… la culpa no es sino mía, no creas que intento diluir responsabilidades. Y, por supuesto, no trataré de elaborar excusas pues no tengo ninguna. Lo siento, sencillamente lo siento. Pero sé que eres sabio y magnánimo, sé que, a diferencia de la mayoría de nosotros, tú tienes juicio y sé que me perdonas. Así que disculpa mi brusquedad, pero hay algo que quiero decir y el tiempo apremia.

¿Recuerdas tal noche como esta, ahora hace un año? Hablaba de una cuenta atrás, de la impaciencia de tal día como hoy, de las esperanzas y los sueños… Pero esta vez quiero hablar del pasado. Quizá me ablando con los años, quizá algo me ha puesto melancólico, no lo sé… aunque miento, sí lo sé… y es esa segunda opción. Así que perdona si te aburro, pero ya sabes que me gusta vagar por las sendas de lo que fue y hacia allí me dirijo ahora.

¿Sabes por qué hoy es un día tan especial, eterno peregrino? Porque dentro de pocos días hará dos años que mi primera botella llegó al mar. ¿Por qué el día especial no es entonces el aniversario, preguntas? Permite que me guarde esa respuesta para un momento mejor… para un tiempo propicio. Dos años… en ese tiempo pueden pasar muchas cosas, pero una de las más importantes ha pasado recientemente, está pasando ahora: sigo aquí. Las botellas con mis pensamientos flotan libres en este universo azul y negro, más o menos, con más o menos frecuencia, pero siguen aquí. Y eso, después de dos años, significa mucho para mí. Y aunque lo que estoy a punto de decir sonará tan mal como nada podría sonar, te ruego que me disculpes, pues no intento ser petulante ni engreído… porque, como sabes, poco ostento de lo que pudiera presumir. Y aunque vaya a sonar mal, decía, tengo que decirlo: también significa algo para muchas personas y para cada vez más.

En cierto modo, he vuelto a mentir. Me temo que mi primera botella sí llego al mar hace casi dos años, pero no así mi primer mensaje… de esos llevaba mandados ya muchos, uno cada 1 de Enero. ¿Durante cuántos años? Ni me acuerdo. Pero sé de muchas personas que te podrían dar la cifra exacta, pues cada año sin falta recibían mi aturullador mensaje, quisieran o no. Y yo, en mi egocentrismo, ignoraba quejas y vacíos y seguía lanzando mensajes. Mensajes que, sabía, nadie quería. Mensajes que, sabía, nadie leía. Pero eso se acabó, tenaz caminante. El 2011 vio mi último mensaje entre los suspiros de alivio de incontables personas. Agradezco tu consternación, no sabes cuánto. Pero no sufras: si me quieres, si me necesitas… si me buscas… estaré justo aquí. Y mis palabras llegarán a ti, no en forma de mensaje, sino en forma de botella. Porque ya no hay más mensajes lanzados en una dirección concreta con un deseo personal y esperando alguna respuesta o alguna reacción. Ahora sólo hay botellas lanzadas a un mar infinito, botellas que, como sabía desde aquel primer día, no llegarían a nadie. ¿Pero a quién le importaba? Sabes que a mí no, porque tú encontraste aquella primera botella por accidente y recuerdas lo que había en su interior.  Posiblemente te preguntarás por qué todo esto es importante o qué relación tiene con cualquier cosa. Te lo explicaré lo mejor que pueda, pues yo mismo tengo dificultades para encontrar una explicación.

Esos mensajes que no iban a llegar a nadie, efectivamente, no llegaban a nadie. Es cierto, perdón; a nadie excepto a ti. No recuerdo cuantas lunas se sucedieron con botellas sólo en tus manos. Pero un día, un día como otro cualquiera, un mes, descubrí que lo que había escrito había llegado a cincuenta ojos. No puedo empezar siquiera a describir mi desconcierto ante esa noticia. Pero de alguna forma conseguí aparcarla en un rincón de mi mente y seguí escribiendo. Escribía mensajes en botellas que, sabía, no llegaban a nadie… a casi nadie. Y algún tiempo después vi que no eran cincuenta ojos los que habían recibido alguna de mis botellas, sino cien personas. Y no puedo empezar siquiera a concebir una forma de transmitirte mi sorpresa. Pero, una vez más, lo olvidé, pues esos números no son importantes. Empecé a lanzar mensajes en botellas porque… algún día te lo contaré, pero en cualquier caso empecé sabiendo que hablaba sólo para mí, pues nadie los leería jamás. Así que seguí escribiendo mensajes en botellas que, sabía, no llegaban a… llegaban a algunas personas. Y no hace demasiado, perdido viajero, vi algo que ni me molestaré en intentar plasmar aquí, pues aun si gozara del don de la palabra no haría justícia alguna. Porque no eran cien las personas que habían recibido alguna de mis botellas. Eran setecientas las personas que habían recibido alguna, que las recibían todas y que alzaban la cabeza buscando alguna más.

Así que, como dije antes, disculpa si he sonado petulante, pues no era esa mi intención, pero sigo aquí, y hay algunas personas que creen que eso es algo bueno. Y que es importante. Así que no temas, viajero nostálgico: ya no enviaré más mensajes, pero las botellas no dejarán de fluir. Y no temas, porque seguirán siendo las mismas que conoces. Porque aunque sé que hay gente buscando alguna botella más, lo que habrá dentro seguirá siendo el mensaje que escribo para nadie en particular, o quizá sólo para ti, porque sé que nadie lo leerá.

¿Por qué he recordado todo esto, dices? Porque hace no tanto tiempo, alguien me preguntó si podía esperar el próximo día 1 mi mensaje o si, por el contrario, no habría más mensajes, tal como había prometido. Y le apenó mi respuesta. Y le apenó, creo, porque todavía no me ha encontrado. Porque no ha visto pasar ninguna de mis botellas. Pero sé que algún día encontrará una…

Y ahora, ¡aprisa! El tiempo apremia. Pero tranquilo; estaré aquí dentro de muy poco.

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Viajero nostálgico
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