Un débil sueño que se desvanece

Se va el invierno, llega la primavera, alegría, felicidad… sí, claro, por supuesto. La primavera es genial. Renace la vida, se reactiva el mundo, todo lo que anduvo dormido vuelve a funcionar. Sin embargo… este año, para muchos quizá, para unos pocos probablemente, la primavera no sólo tiene un sabor azucarado. Este año, la nueva estación tiene el agridulce sabor de la melancolía.

Con la llegada de la primavera y la muerte del invierno, desaparecen las débiles esperanzas que algunos guardábamos. El sueño infantil, la ilusión ingenua y la esperanza inocente de volver a ver la ciudad amorosamente cubierta por un manto blanco quedan reducidos a la nada. Si ya era poco probable amanecer un día con el reflejo del sol a nuestros pies, es ahora algo menos que imposible esperar sentir cómo diminutos diamantes blancos te acarícian el rostro. No creo que lo veamos este año… y probablemente tampoco los siguientes.

Atrás quedan todos los miedos e inseguridades. Nadie quedará atrapado en la autopista, nadie quedará encerrado en la universidad o en el trabajo, ninguna tienda se quedará sin suministros. Nadie tendrá que pasar la noche fuera de casa, en una estación de tren abarrotada o vacía. No dejarán de funcionar taxis, autobuses, metro ni ferrocarriles. Todo seguirá funcionando bien.

Por el camino quedan también los anhelos y deseos. Dibujar ángeles en la inmaculada nieve sobre la sucia e ingrata tierra. Lanzar bolas de escarcha blanca a los amigos, a los compañeros y a los desconocidos. Ir a comprar el pan patinando sobre las suelas de los zapatos. Oír a los pájaros cantar más fuerte que nunca. Ver a los perros ladrarle a ese desconocido elemento.

A nada quedan reducidos los vanos sueños de uno. O, quizá, sueños siguen siendo. Porque no tendremos la oportunidad de quedarnos todos juntos encerrados en un autocar, un autobús o un tren. Porque no podremos quedar atrapados en la universidad o en la estación. No habrá ocasión de pasar una tarde, quizá una noche, en compañía de aquellos que conocemos o de aquellos a los que queremos conocer mejor. Nadie forjará memorias y recuerdos, cosas que contar a los que están por llegar. Nadie podrá escribir “En recuerdo de una noche de ventisca”…

¿Pero a quién le importa? A fin de cuentas, ¿qué importancia tienen las infantiles ilusiones de un individuo frente a la común voluntad de la masa?

¿Qué son los diminutos sueños personales frente a la inabarcable inmensidad de la realidad colectiva?

¿Qué importancia puede tener un minúsculo individuo en el universo…?

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Acerca de Tatherwood

Viajero nostálgico
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