El tren de medianoche

En una noche, una estación vacía. Y en la estación, un muchacho en el andén de una de las vías. No tiene muy claro cómo ha llegado allí, pero no es importante. Todo flota como en una nebulosa: sus recuerdos, él… hasta la misma estación neblinosa. La luz blanca de los focos del techo en la enorme estación aporta a todo un matiz irreal; tal vez sea un sueño. El chico espera. A su izquierda, la vía se tuerce hacia la izquierda y desaparece de la vista escondida tras los muros de la estación. A su derecha, la vía se aleja en línea recta. Junto al arco de entrada un semáforo verde brilla tenue e intermitentemente, como cediendo el paso al tren que no ha llegado.

A las doce de la noche exactamente, justo en el momento en el que la lejana iglesia no da las campanadas, un tren de ocho vagones. Ha aparecido no se sabe muy bien de dónde; llega desde su izquierda lentamente, con calma, sin mover siquiera la niebla que todo lo rodea. Frente a él, su vagón asignado: la puerta abierta del coche número 6. Sube sin vacilar. Se cierra la puerta sin sonido alguno y empieza a avanzar el tren. El sordo repiqueteo de las vías el único ruido en todo el mundo. Abandona el joven el pasillo que une los vagones para dirigirse a su asiento. En el vagón, treinta y seis asientos. En los asientos, nueve personas. En el techo, sobre los sillones, junto a las ventanas, diez luces ambarinas, cuatro de ellas encendidas. Desde fuera, en movimiento, parece el tren eléctrico de brillo ambarino uno de aquellos viejos trenes de vapor de lámparas de luz anaranjada y bancos de madera. El silencio flota en el ambiente interrumpido sólo por el traqueteo de las ruedas metálicas. Pero no es un silencio opresivo; es el silencio compartido de aquellos que lo pueden decir todo sin hablar nada. Es el silencio en susurros de las personas del vagón, cada una en su propio sueño, que no molestan a los demás. Ocupa el joven su asiento, quinta fila, derecha, ventana: no lleva billete alguno; simplemente es su asiento. Se acomoda en el sillón y al movimiento del tren y se sumerje en esa paz irreal que flota en el vagón.

En la primera fila, a la derecha, ventana y pasillo, un abuelo y su nieto, de no más de seis años. El anciano, inclinado sobre el reposabrazos del niño, muestra una beatífica sonrisa. El niño, recostado en su lugar, escucha con mirada soñadora. El abuelo, en susurros quietos, cuenta un cuento. Un cuento de príncipes y princesas, de caballeros y ladrones, de dragones, un cuento de castillos y enormes murallas, de increíbles batallas. Y cuando acaba cuenta otro, y luego otro más. Cuentos de otros mundos, cuentos de cosas que no existen. El anciano le cuenta sueños al niño, y el niño sueña despierto en el tren de medianoche.
En la segunda fila, a la izquierda, pasillo, una anciana de cabellos grises que le caen elegantemente sobre los hombros. Duerme plácidamente con la cabeza apoyada en el respaldo. Sobre ella, como en una nube, los pensamientos que le rondan. Unos niños, jugando en el jardín; un hombre y un ramo de jazmín; una mujer, escribiendo junto a un hogar de leña. Un anciano, con una rodilla en el suelo; una novia, con un vestido blanco; una vida, con la palabra eternidad grabada a fuego. Una lápida, con el nombre de un hombre; una anciana de cabellos grises, que sueña en un tren; un reencuentro demasiado postergado en el tren de medianoche.
En la tercera fila, a la derecha, pasillo, una mujer con gafas. Teclea en su portátil indiferente a lo que la rodea, como todos los demás. Los veloces dedos al pulsar las letras no producen sonido alguno; nada rompe la quietud del vagón, la tranquilidad del tren. Ni siquiera el anciano, que susurra cuentos en silencio. El ceño se frunce, la mirada se turbia, la mujer se tensa. El vagón repiquetea, la mujer sonríe de nuevo y sigue escribiendo, unida de nuevo al tren de medianoche.
En la sexta fila, a la izquierda, ventana y pasillo, una pareja joven. Se besan con dulzura, con la tranquilidad que dan los años. En su estación se quedó el ardor, el fuego y la pasión desenfrenada y sin control de la juventud. Disfrutan de su amor sin condiciones, sin obstáculos. sin barreras. Disfrutan de quererse sin miedo, sin dudas. Él le acaricia el pelo, ella no le suelta la mano. Y al besarse viven su sueño juntos, viajan a los mismos lugares. Los dos en el tren de medianoche.
En las filas séptima y octava, de asientos opuestos, a la derecha, ventanas y pasillo, dos chicas y un chico. En el suelo, a sus pies, enormes mochilas de viaje. Y en su pequeño mundo, risas silenciosas. Recuerdos transmitidos con cada gesto, con cada movimiento, representaciones teatrales de sus vidas. La vez que escalaron aquella montaña y una casi se cayó; la vez que caminaron por un bosque y se perdieron. La vez que alcanzaron la cima y tuvieron el mundo a sus pies; la vez que descendieron a lo profundo y fueron uno con la tierra. A sus espaldas, el camino recorrido; frente a sus ojos, el próximo destino, una estación del tren de medianoche.

El joven se recuesta contra la ventana, la cabeza en la mano, el codo el contrapeso. Mira por el cristal. El cristal, casi un espejo. El reflejo del vagón, las luces ambarinas, le recuerdan tiempos pasados, tiempos mejores. Le recuerdan tiempos que no vivió. Fuera, al otro lado del cristal, el mundo sumido en la oscuridad de la noche. En el cielo, una media luna casi oculta tras las nubes. En el suelo, calles vacías, edificios en penumbra cuando los hay. Aquí y allá una farola, una luz blanca o naranja. Y por todas partes, paz. La calma de la noche, la paz del ninguna parte, la quietud del lugar no pisado. El sendero de los sueños. No pierde detalle de lo que hay al otro lado de la ventana. La tranquilidad que emanan los parajes por los que vaga el tren son completamente distintos del imparable agobio de la ciudad. En su cabeza resuenan los acordes de un piano. El corazón se relaja, los latidos se ralentizan, el pulso se calma. Ya forma parte del sueño que comparten los demás. Ya son diez en el vagón número seis del tren de medianoche.

Mientras, el tren avanza silenciosamente, el único ruido el repiqueteo contra las vías. Cada vez hay más luces, más farolas. Empieza a haber muchos más edificios, algunos con las ventanas encendidas. Se ven coches circulando, empieza a oírse el ruido del tráfico. Se está acercando a una ciudad. En las vías, una desviación. La derecha sigue recto, lleva al corazón de la ciudad. La izquierda bordea las afueras y sigue su camino. El tren se dirige a su próxima estación.

Toma la vía a la izquierda y se pierde en la niebla.

Anuncios

Acerca de Tatherwood

Viajero nostálgico
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s