Confianza

¿Qué impulsa las relaciones humanas? O más aún, ¿qué impulsa las relaciones personales?
Es posible que los humanos, como humanos, estén obligados a relacionarse: escuela, universidad, trabajo… Pero ciertamente nada nos obliga a llevar ese vínculo un paso más allá, a iniciar ese compromiso. Y, si nada nos obliga, ¿por qué todos lo hacemos? Y más aún, ¿cómo empiezan? ¿Cuál es la primera señal, el primer paso, el primer símbolo? No creo tener la respuesta a ninguna de esas preguntas.

Tampoco me importa no tenerla. Todo eso son dudas que me bailan por la cabeza pero que, a fin de cuentas, tal como llegan se van. Pero hay algo que no se va: la confianza. A veces me pregunto cómo es posible que una de las razas por naturaleza más traicionera se abandone tan abiertamente a la confianza. ¿No es absurdo? Lo confiamos todo a todos, y lo que es peor, también confiamos en todos. ¿Tan improbable nos parece la posibilidad de ser traicionados? Bueno, supongo que la gente puede hacer lo que quiera con su vida.

Pero, ¿qué hay de esos que no la regalan? ¿Qué de aquellos que la atesoran como algo precioso, único e irrepetible, y la conceden únicamente a personas privilegiadas y especiales? Esos, al parecer, son los raros. Esos, en mi opinión, son los especiales. Con ellos empezará a cambiar el mundo. ¿Pero qué es lo que impulsa esa confianza? ¿En qué momento y cómo deciden ellos que la pueden depositar en alguien? Y lo que más me inquieta: ¿cómo nos convertimos, de repente, en merecedores de dicho honor?

Tal vez seamos esa persona que está allí en todo momento, que acude cuando se la llama, pero que hace acto de presencia cuando no se la ha llamado. Esa persona que acude a paso sereno cuando la llamamos y que empieza a correr cuando no escucha nuestra voz. Esa persona, en definitiva, con la que siempre podemos contar. Y, al final, es posible que el objeto de nuestros desvelos no nos crea dignos de uno de los más maravillosos regalos de la existencia.
Tal vez seamos esa persona que no está casi nunca, aquella persona a la que años más tarde recordaremos como “Ah, sí, el chico/la chica aquél/lla… recuerdo que una vez…”, pero que aparece sin tardanza al recibir nuestra llamada de socorro. Esa persona preparada para soportar nuestra rabia, nuestra frustración, nuestra confusión… nuestra locura. Esa persona que, tras hacer acto de presencia en el momento de crisis desaparecerá para no volver a dejarse ver hasta que vuelva a ser necesaria. Y tal vez se nos crea dignos de esa confianza.
Es posible que seamos esa persona que se ocupa de darle vida al día con su luz, su resplandeciente naturaleza y su buen humor, esa persona que nos hace reír cuando estamos tristes… incluso cuando ni siquiera sabe que lo estamos. Esa persona que llena los silencios de un dulce sonido cargado de alegría y optimismo. Esa persona, en definitiva, que parece demasiado tierna para conocer siquiera el dolor y la pena. Esa persona que se aleja y a la que queremos alejar a cualquier coste de toda tristeza. Y tal vez, o tal vez no, seamos entonces la persona en la que confiarán.

O quizá seamos esa persona que pasaba por allí en el momento equivocado, o tal vez en el correcto, que apareció sin motivo aparente y que se convirtió sin saber cómo ni por qué en alguien especial. Esa persona que no ha hecho nada más que estar durante un tiempo más prolongado del que cabría describir, nada importante, nada digno de recordar. Y es posible que entonces, por algún motivo, seamos depositarios de todo ello y recibamos esas maravillosas tres palabras: “Quiero contarte algo…”.

Oh, luna que hoy solitaria brillas en el firmamento derramando tu luz sobre los ingratos que no la queremos. ¿Escucharás mi ruego egoísta? Lanzo ahora al mar este mensaje en una botella, y quiero que viaje. Hazla flotar, espejo de plata, hasta los confines del planeta, y permite después que siga flotando un poco más. Mantenla entre las olas para siempre, eterno símbolo del profundo deseo de todos nosotros, o tal vez sólo del mío. Y si alguna vez, por ventura o fatalidad, olvido las palabras que hoy escribo, permite por favor, blanco cristal, que a mí retorne esa botella de la que ahora me deshago para recordarme lo que una vez pasó.

Espero que el tiempo me juzgue digno merecedor…

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Acerca de Tatherwood

Viajero nostálgico
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