“Dime cosas bonitas…”

A veces, alguien nos pide algo, y podemos elegir hacerlo o no.
A veces, alguien importante para nosotros nos pide algo, y podemos elegir hacerlo o no.
Y a veces, sólo a veces, alguien que es todo un mundo nos pide una estrella, y nosotros queremos darle la luna aun si no alcanzamos más allá de las nubes.

¿Qué regalo podemos hacerle? Podemos, tal vez, comprar ese precioso collar de perlas. Podemos, acaso, conseguir entradas para el gran concierto de mañana. Podemos, posiblemente, escalar a su lado la montaña más alta, o la más baja, y dejar la ciudad lejos, muy lejos, bajo los pies.
Y también podemos, quizá, decirle algo bonito.

¿Pero cómo dar algo que no tenemos? ¿De dónde sacar aquello de lo que carecemos? No sé qué harías tú, no sé qué haría ella, no sé qué harían ellos.
Pero yo…

Yo podría decirte:
“Hoy, antes de irte a dormir, mira esa estrella solitaria, pues a ella le he pedido que te diera las buenas noches.”
Podría decirte:
“Que la estrella más brillante del cielo pueda iluminar tus sueños y acompañarte hasta el amanecer de un nuevo mañana.”

Esas cosas podría decirte; esas cosas te diría. Pero ninguna de esas palabras es mía. Nada de lo que te dijera sería nada más que una burda repetición de cualquier mensaje de texto que pudieras encontrar por internet.

Mas, ¿qué puedo hacer?

Yo no soy orador. Yo soy un hombre sencillo. Y no tengo ni talento, ni elocuencia, ni estilo, ni ademanes, ni el poder de la oratoria que enardece a los hombres. Hablo llanamente y no digo sino lo que todos saben.

“Dime cosas bonitas…” Lo siento. No puedo. No sé.
Podría seguir los pasos de Raphael y decirte que en el mundo hay más dicha que dolor, que hay mucho más azul que nubes negras, que es mucha más la luz que la oscuridad. Que hay mucho, mucho más amor que odio, y más besos y caricias que mala voluntad.

O podría también hacer tonterías y decirte la gran estupidez de Martín Casariego.

O podría, simplemente, no hacer ninguna de esas cosas.

Podría, quizá, decirte que no abandones nunca tu cascabel seráfico, el mayor amuleto y el más importante talismán que jamás encontrarás.
Podría, quizá, decirte que recuerdes siempre su tañido y que no permitas que su cántico celeste quede relegado al olvido.
Y podría, tal vez, decirte que estoy convencido de que siempre hay un ángel junto a ti…

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Acerca de Tatherwood

Viajero nostálgico
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