De obligaciones, libertades y derechos

Huelga.

Polémica palabra. Hace tiempo, en los albores del proletariado quizá, aunque también es posible que un poco antes, esa palabra tenía un significado, un matiz, una razón de ser. Implicaba unas cosas. Cosas que se han perdido. El derecho a huelga se usaba para defender ideales.

Porque cuando los trabajadores hacían frente común, trataban de afrontar una injusticia, trataban de cambiar las cosas y, para hacerlo, intentaban demostrar lo que pasaba cuando no se hacía el trabajo. Eso era la huelga. Era la libertad, pero sobre todo era el compartido derecho a quejarse de todos aquellos que tenían la obligación de trabajar. Pero hoy, con el paso del tiempo, como tantas otras cosas, ya no lo es. Ahora la huelga significa otras cosas, si es que significa algo.
Cuando se convoca una huelga, a los menores de 17 años les falta tiempo para no levantarse de la cama y no ir a la escuela, al instituto, incluso puede que algunos a la universidad. Les falta tiempo para no salir de casa y pasar el día viendo la tele, metidos en el messenger, perdiendo las horas en facebook. Y, naturalmente, puede que alguno estudie. Pero ninguno reivindica su derecho a hacer huelga por una razón. Sencillamente, hacen huelga no haciendo lo que tienen que hacer.

Los adultos, quiero creer, son diferentes. Los adultos, quiero creer, son personas más justas, más honestas, con mejores motivos; los adultos, quiero creer, todavía recuerdan qué significa hacer una huelga. Por desgracia, las circunstancias me dicen que no lo siga creyendo.

Porque la marcha de hoy ha sido de todo, excepto lo que debería haber sido; excepto lo que debería ser una huelga. Porque uno ser avergüenza de conocer a muchos de los que ha visto en televisión y da gracias por no haber pasado por allí en aquel momento. No sé en qué creían o en qué creen los huelguistas de hoy, pero sé que no es lo mismo que aquello en lo que creían sus abuelos en la huelga de hace 80 años.

Porque cualquier trabajador tiene unas obligaciones, y a cambio de ellas obtiene una serie de libertades y una lista de derechos. Como por ejemplo, el derecho a huelga. Es decir, el derecho a elegir hacer huelga.

Y yo, hoy, no he escuchado muchos “Yo hago huelga porque hay que cambiar las cosas y es la única manera”. En cambio, he escuchado demasiados “Yo hago huelga porque me da miedo lo que puedan hacerme los piquetes”. ¿Em qué momento nos convertimos en esto? ¿Cuándo nos torcimos? ¿Cuándo dejamos de ser ese frente común ante el enemigo global para ser un grupo de individuales capaces de todo, todo, incluso herir o matar a los compañeros, con tal de conseguir lo que se quiere? ¿Cuándo perdimos aquello por lo que lucharon todos los que nos precedieron?

Después de ver en las noticias el resultado de la marcha en todo el país, me pregunto muchas cosas.
Me pregunto cuántos han tenido hoy la libertad de ejercer su derecho a huelga.
Me pregunto cuántos no han ejercido su derecho a no hacer huelga por miedo.
Me pregunto cuántos habrían defendido su tienda de los vándalos y los gamberros de no haber tenido miedo de sus propios compañeros.

Me pregunto cuántos habrían muerto intentándolo…

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Viajero nostálgico
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