Quedarse atrás

Cada cosa que vivimos, cada paso en el camino, nos hace avanzar. Tal vez en la dirección buscada, tal vez en la equivocada, tal vez en ninguna dirección en concreto. Pero, a fin de cuentas, avanzamos.

No obstante, ¿qué hacemos cuando nos quedamos detenidos? Tal vez no sabemos qué hacer, tal vez no queremos hacerlo… Quizá no queramos saber o, lo que es peor, quizá no sepamos querer. Algunos dicen que no hacemos sino perder el tiempo, porque no hacemos nada. En mi humilde opinión, gente ignorante. Tal vez suene a broma, pero creo que es conveniente pensar a veces en la palabra nada. Lancé hace tiempo una botella con algunos pensamientos al respecto. A fin de cuentas, ¿cómo se puede no hacer nada? O lo que es lo mismo, hacer nada. Hagamos lo que hagamos estaremos haciendo algo. Que no nos digan cuando leemos que no estamos haciendo nada: estamos leyendo; que no nos digan al ver televisión que no hacemos nada: vemos televisión; que no nos digan al levantarnos cada día a la hora de comer que no hacemos nada: dormimos. No se puede no hacer nada.

Sin embargo, sí es cierto que al hacer todas esas cosas perdemos la oportunidad, o quizá la capacidad, de hacer otras. No sé quién puede tener la autoridad para erigirse en juez y dicer qué cosas serían buenas y qué cosas no lo serían. Supongo que los padres asumen ese papel muchas veces, unas con acierto, otras no. Pero tal vez seamos nosotros mismos quienes, en última instancia, somos juez, jurado y verdugo. Porque no importa sexo o edad, ni tampoco situación: llegará el momento en el que nos asaltaremos a nosotros mismos con la idea. ¿Qué estoy haciendo?

Porque entraremos un sábado en un famoso establecimiento de comida rápida y veremos a ese compañero de clase trabajando. Tal vez sea el gamberro, tal vez sea el bandarra. Tal vez sea el criminal en potencia, tal vez sea el compañero que destaca por no llamar la atención o tal vez el que no destaca. Puede ser la guapa, la fea, la popular o la de las pecas. O el moreno, el alto o el gordo. Puede ser cualquiera de esos o puede que sean todos. Pero no serán todos porque siempre faltará alguien: no seremos nosotros los que estemos detrás de la barra. Nosotros estaremos haciendo algo como ver la tele, leer o dormir, mientras ese compañero de clase no lee, no ve la tele y apenas duerme, pero trabaja. Ya tiene su primer trabajo a media jornada, ya tiene el trabajo para el verano, ya tiene un puesto fijo en la empresa de la esquina. Nosotros, entretanto, seguimos leyendo.

Porque pasaremos por delante de una academia en el mes más caluroso de verano y veremos a ese otro compañero que estudia. O tal vez incluso sea el mismo que trabaja. Qué estudia no es importante; lo importante es que lo hace. Y puede ser ese compañero que todos envidiamos por sacar matrícula sin despeinarse, puede ser el que saca las mejores notas con mucho esfuerzo o puede ser el que raspó la puntuación máxima y quiere mejorar el siguiente curso. Pero también puede ser el que le vio los cuernos al toro y estuvo a punto de suspender e intenta evitarlo, o incluso el que suspendió y no quiere repetirlo. Pero no importa quién sea porque, a fin de cuentas, no somos nosotros.

Porque hablaremos con esa amiga con la que hacía tanto que no hablábamos, o con esa otra con la que hablamos de vez en cuando, y tal vez sea al volver a la rutina de septiembre, o tal vez sea en los últimos días de agosto, pero sea cuando sea esa amiga nos dirá que se ha ido de vacaciones. Y no se habrá ido de vacaciones con sus padres a hacer el guiri viendo museos en Inglaterra. No se habrá ido con los colegas o con los compañeros de clase a coger un ciego en Mallorca. No se habrá ido a hacer el imbécil con la tropa a Canarias. Se habrá ido con una amiga a Alemania, a hacer el tonto y a divertirse. Sin visitar ningún museo, pero sin parar en casa. Sin pisar una sola discoteca, pero sin parar de reír. Y mientras anda con su amiga, tomando un café en una terraza, riéndose de un edificio de construcción futurista, mirando de pasada un edificio tal vez modernista, aprende alemán. Tal vez no sea capaz de aprobar un examen en ese idioma; tal vez no sepa el nombre de la mitad de los edificios que ha visto. Pero eso no le importa a nadie. Se ha ido con su amiga a un país extranjero, y son dos semanas que jamás olvidará.

¿Qué estoy haciendo? ¿Esto es todo? ¿Los demás viven y yo me quedo sentado? ¿Los demás estudian y aprenden mientras yo soy cada vez más tonto? ¿Los demás consiguen su primer trabajo y experiencia laboral mientras yo leo y duermo? ¿Así son las cosas?
Pues sí, así son las cosas. Porque escupir verdades a la cara duele, pero siguen siendo verdades y deben ser dichas. Y tal vez necesitemos que alguien nos las diga, o tal vez seamos nosotros mismos los que nos las tenemos que gritar frente al espejo. Y a veces será todavía demasiado pronto para encontrar la respuesta; otras, será demasiado pronto para entenderlas. Algunas veces cambiaremos. Desgraciadamente, muchas más será demasiado tarde.
Pero no importa con qué grupo nos identifiquemos o con qué calificativo nos denominen. No importa si somos el gamberro, el macarra, el criminal en potencia, el normal, el inteligente, el listo, el superdotado, el empollón, el alto, el gordo, la guapa o la de las pecas. Tarde o temprano todos nos haremos la misma pregunta.

¿Qué estoy haciendo con mi vida?

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Acerca de Tatherwood

Viajero nostálgico
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