Cuentos de hadas

No hace mucho recogí una botella lanzada al mar, como esas que lanzo yo, sólo que enviada por una persona mucho más capaz. Mucho más sabia. Hablaba de los cuentos.
Los cuentos de hadas…

Hoy todo el mundo está ligado de una u otra forma a todo el mundo, ya sea por chats como MSN, redes sociales como F***b**k o fotologs en general. Incluso algunos por blogs. Así que todos hemos visto, en un momento u otro de nuestra vida, esa cabecera de entrada, ese nick de msn: Los cuentos de hadas existen… O bien su nemésis: Creí en los cuentos de hadas, pero he descubierto que no existen. Supongo que el ser humano nunca se pondrá de acuerdo; debe de estar en los genes. La humanidad nunca podrá ponerse de acuerdo, salvo que sea para acordar que nunca se podrá poner de acuerdo. Y esa paradoja es de dudosa existencia.
Pero grandes hombres, grandes mujeres y grandes mentes han hollado esta buena tierra, dejando su legado a su marcha. Tal vez escucharles sea útil, de ayuda, o simplemente interesante. Recoger los puntos de vista de gente más sabia siempre aportará algo nuevo al debate. Tal vez incluso la solución.

¿Existen o no los cuentos de hadas? El concepto ha sido analizado por muchas personas sabias desde dos perspectivas distintas. A saber:

Perspectiva existencialista. La pregunta "¿Existen los cuentos de hadas?" es un burdo sinsentido, ya que para preguntar por la existencia de algo, ese algo tiene que existir. O ser real al menos. Dicho de otro modo. A todos nos han contado cuentos de hadas siendo pequeños. Así que se puede matizar la pregunta: "¿Existen los cuentos de hadas en la realidad?". Nuevamente, es un sinsentido. Los cuentos de hadas existen…
Están en los cuentos.

Perspectiva realista. Algo que existe se ha realizado y, por tanto y por definición, tiene su reflejo en la realidad. Así que miremos a nuestro alrededor.
La dulce niñita conocida como Caperucita Roja tenía una tierna abuelita que vivía, sola y aislada, en el medio de un bosque. La mamá de Caperucita pedía a su hija, nieta de la tierna abuelita, que llevara unos dulces para la anciana que, pobre ella, vivía aislada en el bosque. Si miramos por la ventana vemos un enorme y precioso bosque de hierro, cemento y hormigón. Y dentro de ese enorme y precioso bosque de hierro, cemento y hormigón, hay montones de esbeltos y encantadores árboles de ladrillo y vigas. Y dentro de esos esbeltos y encantadores árboles de ladrillo y vigas viven personas. Y entre esos esbeltos y encantadores árboles de ladrillo y vigas se ven diminutos y raquíticos árboles grises, dentro de los cuales también viven personas. Ancianos. Y una vez a la semana, las personas que viven en los esbeltos y encantadores árboles de ladrillo y vigas se dirigen a los diminutos y raquíticos árboles grises para visitar a esas otras personas. Para compartir con ellos unas horas. Porque esa noche, no mucho más tarde, esas personas tienen que volver a sus esbeltos y encantadores árboles de ladrillo y vigas. Pero no pasa nada: una semana más tarde, esos dos grupos de personas se volverán a ver. E incluso se llevarán dulces.
El pequeño cervatillo había nacido no mucho tiempo atrás; apenas si tenía fuerza y habilidad para sostenerse sobre sus cuatro patas. Tenía un mamá que le quería mucho y le prestaba toda su atención, cuidándolo con ternura. Vivían tranquilamente, sin hacerle daño a nadie. Pero un día la mamá olió el peligro y corrió, corrió junto a su hijo… para no llegar jamás a su destino. Y el joven cervatillo se quedó sin mamá al sonido de un estallido provocado por un hombre que buscaba enriquecerse vendiendo pieles que no necesitaba. Había una vez un jovencito que nació en un lugar normal, en una familia normal, en un mundo peligroso. Cuando el muchacho contaba apenas cinco años, celebró su aniversario con sus padres viendo una película en el cine. A la vuelta a casa, en un callejón oscuro, una persona sin rostro mató a su mamá y a su papá a golpe de cuchillo para poderles robar los cuarenta euros que llevaban encima. Y el muchachito se quedó sin papá y sin mamá, en un callejón oscuro a manos de un hombre que quería tener dinero que no se había ganado para poder comprar cosas que no le beneficiarían.
Los dos cachorros se llevaban bien y eran amigos, y por eso, o tal vez porque, jugaban juntos. Eran distintos en mente, espíritu y aspecto, pero a ellos no les importaba, porque eran amigos. Pero en un momento determinado, los dos amigos tuvieron que separar sus caminos. Años más tarde, cuando se encontraron, al perro le habían enseñado a cazar y a matar zorros, y el zorro había aprendido que era mejor escapar de los perros. Hace poco, poco tiempo, en un lugar no muy, muy lejano, vivían dos amigos, nativo e inmigrante, en la tierra del primero. Eran amigos y ni se daban cuenta de que su piel era de distinto color. Pero uno de los amigos se tuvo que marchar, y se separaron y perdieron relación. Años más tarde, los dos amigos se volvieron a encontrar en una pelea callejera en bandos contrarios. Al primero le habían enseñado a odiar a los que eran diferentes. El segundo había aprendido que no se podía confiar en los que no eran como él.
El pequeño tenía un sueño: ser como los demás. No quería seguir siendo de madera; no quería seguir siendo diferente. Quería convertirse en un reflejo de aquellos que había a su alrededor. Para conseguirlo, el chico recurrió a mentiras y patrañas varias, a todas esas cosas que su padre siempre le había dicho que debía evitar. Tanto fue así que acabó con otros niños en una alegre fiesta en la que todos se convirtieron en burros. El chico no contaba ni trece años, pero era diferente. No fumaba, aún no había probado el alcohol… su padre le decía que ambas cosas eran malas, y él respetaba a su padre. Pero con el tiempo empezó a darse cuenta de que era el único distinto, de que los demás le miraban mal, de que ningún grupo le aceptaba. Y empezó a fumar y empezó a beber para encajar. Y, así, el joven muchacho que una vez fue bueno, sano y fuerte, se convirtió en una bestia de carga, siempre cargando su culpa y la de los demás. Pero no le importó cargar con ellas. Tampoco le importó dejar de ser quien era para convertirse en una persona que no conocía; en alguien que antaño incluso odió. No le importaba porque los demás lo aceptaban y, como él muy bien sabía, eso era lo más importante del mundo.

Dos perspectivas. Una respuesta.

Los cuentos de hadas existen.

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Viajero nostálgico
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