Perspectivas

La realidad es, por definición. No es de ninguna forma; sencillamente es.
Y, sin embargo, creando caprichosamente una paradoja existencial, no es menos cierto que lo que no es la realidad es dinámica. La realidad es la que es, y no se siente más o menos realizada si la adornamos más o menos, si la definimos de un modo o de otro o si, sencillamente, no la definimos.

El problema que tenemos las personas, a menudo, es que somos incapaces de contemplar otra perspectiva que no sea la nuestra, incluso cuando la tenemos delante. Sólo grandes filósofos fueron capaces de definir la realidad como la suma de todas las perspectivas de esa realidad. ¿Y quiénes somos nosotros, pobres hombres y mujeres de a pie del siglo XXI, para refutar tal teoría?

Y, aun sin poderla refutar, nos aferramos a nuestra perspectiva y excluimos todas las demás, aun cuando tiempo más tarde acabemos adoptando otra e ignorando la primera. Y, por desgracia, no impera la perspectiva más realista, o más objetiva, o más extensa; impera la más elegante y la más luminosa. O, peor aún: en ocasiones impera la que mejor simboliza un cliché.

Porque todos hemos escuchado alguna vez:
La vida es como una caja de bombones: nunca sabes lo que te va a tocar.

Pero pocos han escuchado:
La vida es como una caja de bombones: si sacas uno y es una delicia, el siguiente puede que sea una porquería. Y es que la vida es como una caja de bombones; esa famosa caja de bombones en la que los buenos se van primero. Compartida, sabe más dulce. Y cuando la empiezas, es imposible parar. Y te dices que no volverás a hacerlo. La vida es como una caja de bombones: mucho cartón y poco chocolate. Y cada vez vuelves a preguntarte: ¿qué escojo hoy? ¿Y si me toca el amargo? Prefieres dejarlo. ¿Pero y si me toca el dulce? Cada día arriesgas y te encuentras con sorpresas. Siempre te preguntas: ¿qué escoger? Pero al final siempre llena, y la caja está vacía.

Y casi nadie sabe que:
La vida es como una caja de bombones: un regalo barato, anodino y superficial que nadie desea que le regalen. Y si lo devuelves, te dan a cambio otra caja de bombones. Te ves atrapado con esas porquerías rellenas de menta que engulles cuando no tienes otra cosa que comer. Bueno, de vez en cuando encuentras alguno relleno de almendra o de toffee, pero se agotan rápido y su sabor es efímero.
Al final sólo tienes bombones mordisqueados rellenos de nueces que te destrozan la dentadura si tu desesperación te lleva a comerte ésos también. Quedándote con una caja vacía repleta de inútiles envoltorios de papel marrón.

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Viajero nostálgico
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