Esencia

¿Quiénes somos? O más importante aún: ¿somos? ¿Configuramos una realidad?
Ser… o no ser. ¿Cómo podemos probar nuestra existencia?
Probablemente haya casi tantas respuestas como personas hollan esta buena tierra.
Los religiosos dirán que lo que nos define son nuestras creencias. Todo el mundo cree en algo, y ese algo es nuestro auténtico yo.
Los científicos dirán que somos lo que dicta nuestro material genético, que todo está en los genes.
Otro sector, quizá menos definible, dirá que somos nada más y nada menos que lo demuestran nuestras acciones, porque a través de ellas nos definimos.
José Saramago, por su parte, dice: Hay algo en nuestro interior que no tiene nombre, y eso, es lo que somos.
No sé cuánta gente es capaz de entender a ese gran hombre, pero yo no me cuento entre ellos; apenas alcanzo a vislumbrar el auténtico significado de lo que dice. Para mi, ese maravilloso verso significa que somos, básicamente, esencia; que el resto sobra, no es importante. Son meros complementos a nuestro ser: brazos, piernas, rostro. No sé si algún ilustrado se escandalizaría al ver semejante comentario, tal vez completamente opuesto a lo que el escritor pretendía decir, pero es una humilde interpretación.
También he pensado, muchas veces, que si partimos de algo tan puro y básico que es esencial, hay que mirar muy adentro. Y que al final, descubriremos que, en esencia, nadie es nada. Tal es mi visión de la existencia; tal es mi concepción del mundo.
Pero también creo que tenemos que ser capaces de definirnos de alguna manera, de delimitar nuestra personalidad, nuestra identidad; algún modo, en definitiva, de forjar nuestra persona. Cómo se hace eso, es una pregunta cuya respuesta dejo a mentes más privilegiadas que la mía: ciencia, fe, acciones… ¿Quién sabe?
Yo particularmente me decanto por las acciones. Creo que una persona no nace siendo esencialmente buena o esencialmente mala. Creo que una persona es buena o mala en el momento en el que tiene la vida de otra en las manos y decide salvarla o ponerle fin. ¿Está esa acción marcada por las creencias religiosas? Tal vez. Pero sea como sea, es esa posibilidad de elección la que nos hace únicos.
Hoy he recibido un jarro de agua fría que, supongo, tenía merecido. Una persona muy importante me ha dicho que cada vez que digo cosas tristes, decadentes, aunque sean verdad, sin poner ni pizca de esperanza o fe, la pongo triste. Y, naturalmente, ninguno necesitamos que nos pongan tristes… No está bien gritarle a la vida en todo lugar y en todo momento, bramando hasta quedarse afónico. Hay que quejarse única y exclusivamente cuando se tienen motivos.
¿Pero dónde trazamos la línea? ¿Dónde están esos motivos? ¿En qué momento son válidos para todos? Los motivos válidos para una persona pueden no serlo para otra.
A las personas no suele gustarles que les recuerden que la oscuridad existe, porque quieren pensar que la vida también tiene luz, aun si es tenue y no resiste más que unos pocos segundos. Porque por esos pocos segundos vale la pena esperar. Porque esos pocos segundos pueden ser todo lo que necesitan.
Pero ahora volvemos a la esencia. Una persona pesimista, o una optimista; una persona decente, o una indecente. Alguien que ve luz y alguien que ve sombras; alguien que habla y alguien que calla. Somos lo que somos. Y precisamente por eso hay una maravillosa dicotomía que ha llevado de cabeza a pensadores de todos los tiempos: el cambio. Muchos dicen “la gente cambia”, aferrandose a la maltrecha esperanza de que los errores del pasado pueden repararse, sabedores de que las equivocaciones se pueden corregir. Muchos otros exclaman “la gente no cambia”, sabedores que estamos condenados a ser libres, y que tomaremos las mismas decisiones que hemos tomado.
Unos pocos, sencillamente, afirman: “Las personas no son como fueron en la última conversación que tuvisteis, sino como han sido a lo largo de toda vuestra relación”.
Y es que la esencia, es la que marca las acciones.
¿Pero entonces cuál es la solución? Somos lo que somos, y eso no es ni bueno ni malo; simplemente, es. Tal vez queramos cambiar, tal vez queramos seguir como estamos. Tal vez la gente nos quiera de otra forma, tal vez nos pida que no cambiemos nunca.
Y aquí está nuestro gran dilema.
Renunciar a nuestros principios para ser aceptados, o arriesgarnos a vivir solos siendo lo que somos.
Y nuestra decisión nos muestra quiénes somos realmente… o no.
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Acerca de Tatherwood

Viajero nostálgico
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