Un mundo gris

El otro día hablaban en las noticias de algo que, al parecer, es digno de ser contado: James Cameron lo había hecho. Logró el récord con Titanic y se pulverizaba a si mismo con Avatar. Tanto era así, decía Prats, que ha nacido toda una cultura Navi aquí, en la Tierra, tan lejos de Pandora. Personas haciendo concursos para ver quién se convierte en el mejor Navi, un diccionario Navi con las palabras de esa lengua así como con la forma de pronunciarlas… Hasta aquí todo normal, lo que se esperaría del sector friki (con todo mi respeto al sector; uso esa palabra porque creo que otaku está limitado únicamente al manga japonés). Sin embargo, lo que realmente me capturó fue el comentario del presentador de los informativos respecto a los foros de discusión. Cierta persona había dicho que, tras ver Avatar, al salir del cine, el mundo le pareció un lugar gris.

Nuestro mundo, el único que tenemos, fue antaño un planeta rojo. Fuego, lava, magma, vapores tóxicos, humos nocivos… el inicio de la vida. Nuestro planeta nació y creció, y se convirtió en el Planeta Azul. Un planeta con agua. Y en el Planeta Verde. Un planeta con vida. Pero, poco a poco, nuestro planeta muere. No de viejo, pues no llegará a envejecer. Muere a causa de las criaturas a las que dio vida. Gaya, la Madre Tierra, crió a sus retoños sin saber que, al crecer, éstos le absorberían la vida hasta las entrañas. Cada pequeña acción que emprendemos contra Gaya es un paso más que nos lleva a nuestra autodestrucción. "Total, por un…", decimos. "Si yo no lo hago, otro lo hará", afirmamos. Cualquier excusa es buena.
Y así, lentamente, Gaya muere. El cielo llora, y sus lágrimas no son saladas; son ácidas, un beso amargo que corrompe la tierra. La tierra se agrieta, reseca. Los bosques, antes frondosos, desaparecen de la vista. Parpadear es correr el riesgo de no volver a ver el bosque que hay frente a nosotros. Los pulmones del planeta luchan por seguir trabajando, por seguir respirando, por seguir permitiendo que el resto de la vida respire. Y sin embargo, del mismo modo que fumamos sin otro objetivo que destruir nuestros pulmones y convertirlos en una amorfa masa alquitranada, talamos árboles más allá del propio consumismo, tal vez en la esperanza de que, cuando los bosques se hayan extinguido, cuando el mundo no tenga pulmones y no pueda respirar, será un lugar mejor.
Años atrás las casas eran cabañas de madera junto a los bosques, compartiendo territorio. Ahora las casas son vastos edificios arrasando todo lo que antaño había en su lugar. Antes las casas eran marrones madera, marrón tierra. Ahora los edificios son de colores tristes, apagados, oscuros. Los arquitectos más modernos inventan formas imposibles, lo llaman innovar, de tal modo que en un lugar en el que un edificio normal podría albergar a 400 personas, gracias a esas psicodélicas siluetas el edificio tiene una capacidad máxima de 150. Y hay una extraña predilección por los tonos grises.
Antes sólo había que mirar por la ventana para contemplar todos los colores del espectro visible: una rosa, una margarita, un tulipán… Un cerezo en flor, un roble perdiendo sus hojas al viento… Ahora la única forma de ver un estallido de color es gastándose mil euros en un televisor de plasma de alta definición.

Pero siempre nos quedará la imaginación. La imaginación es ese lugar en nuestro interior al que huimos, en el que nos refugiamos, cuando las circunstancias son adversas. Es ese lugar en el que nos sentimos seguros. Es ese lugar donde todo es posible. En nuestra imaginación dibujamos realidades alternativas, mundos llenos de color, animales imposibles, valores que ahora son leyenda, porque la realidad apesta y con una es más que suficiente. Recogemos nuestro ser en nuestra imaginación y soñamos con un lugar mejor, sólo durante un tiempo, sólo para descansar de lo que nos rodea. Pero sabemos que tenemos que volver y volvemos. Y no hay muchas quejas al respecto porque, a fin de cuentas, esta es la realidad, y aquello solo un mundo en nuestra imaginación. No nos decepcionamos al volver, porque sabíamos que aquello no era real y que estaríamos únicamente de forma temporal, porque sabíamos que despertaríamos. Y no hacemos comparaciones idiotas, porque las comparaciones son odiosas. No hacemos comparaciones idiotas, porque no sería una comparación justa; porque nuestra querida Tierra no tendría nada que hacer contra nuestro mundo de ensueño. Porque sería una comparación cruel.

Pero ayer, finalmente, tras varias semanas sin poder hacerlo, conseguí un hueco para acercarme al cine y vi, por fin, Avatar. Y sabéis qué?

Esta mañana, al despertar, el mundo me ha parecido un lugar gris…

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Acerca de Tatherwood

Viajero nostálgico
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