Máscaras

Vivimos un mundo dinámico, cambiante, y eso, a diferencia de lo que piensa la mayoría, no siempre es bueno. Las modas y las tendencias vienen y van, y nosotros nos dejamos influenciar por ellas, les damos poder y permitimos que rijan nuestras decisiones. Los principios son cambiantes y los valores antaño perseguidos son ahora mera leyenda. Vivimos un mundo gobernado por la ley de la jungla, la ley del más fuerte, pisar o ser pisados. Vivimos un mundo irreal, una ilusión de tan cambiante, y nos tenemos que adaptar a él…
Pero sobre todo, vivimos un mundo de juicios, eternos y a primera vista. Por ese motivo crecer significa perder nuestra identidad, dejar de ser quienes somos. Y, así, mientras en otras culturas se dice de un joven que ya es un hombre cuando mata a una bestia salvaje, en la nuestra decimos que somos adultos cuando nos ponemos la máscara por primera vez.

Vemos ese grupo de amigos en el patio, sabemos que no encajaremos pero queremos vernos dentro de ese círculo, decimos "sólo esta vez", nos ponemos la máscara, nos convertimos en otro… somos aceptados. Vemos a esa chica que nos acelera el pulso, sabemos que está fuera de nuestra órbita, decimos "sólo hasta que me conozca mejor", nos ponemos la máscara… y somos aceptados. Es irónico que sólo convirtiéndonos en otro pasemos a formar parte de un todo o, lo que es más triste, de un algo. Lanzamos por la borda las palabras de mamá, "sé tú mismo cariño", "es imposible que no les caigas bien cielo", dejamos atrás esas palabras, hipócritas en cualquier sentido y trascendentalmente sabias en cualquier caso, para empezar a perder nuestra identidad. Paseamos por la calle y somos felices, y queremos dar saltos de alegría y gritar a los cuatro vientos nuestra euforia, pero sabemos que la gente nos miraría mal, a nosotros y a los que van con nosotros, y sabemos que eso no sería justo para ellos… y callamos. Y callando nos matamos y morimos poco a poco, ya que empezamos a tender la mano hacia esa máscara.
"El problema es el entorno", decimos; "la culpa la tiene la socidad", afirmamos. Siempre es fácil echar las culpas a los demás, especialmente si los demás son una masa sin nombre, si los demás son, sencillamente, "todos". Y tal vez sea cierto… o tal vez no. Tal vez sean las máscaras el problema real, y no la realidad en sí misma. Si no hicieran falta esas máscaras, si no hubiera que ponérselas para ser fuerte y quitárselas para ser tierno… Pero pedir un mundo sin máscaras es pedir un mundo en el que no haga falta ponerse una para dejar de ser "aquel repelente" y convertirse en "aquel interesante", en el que no haga falta una máscara para encajar y dejar de estar solo, en el que no haga falta una máscara para ser querido…
Y, entonces, nos damos cuenta de que era cierto, que la culpa la tienen los demás, siempre los demás. "Si no fuera por ellos…", decimos, y nunca terminamos la frase, porque terminarla pondría de manifiesto lo absurdo de nuestro razonamiento. "Si ellos no hubieran formado ese grupo yo no habría tenido la necesidad de ser como ellos para formar parte de él"; "si ella no fuera tan popular no necesitaría que me quisiera". Nos creemos con derecho, en ese momento, de afirmar que el problema no son las máscaras ni la sociedad, sino las personas individuales que nos obligan a ponérnoslas cada mañana, haciéndonos fingir ser lo que no somos o, peor aún, lo que no queremos ser.

Y, una vez más, es nuestra propia vanidad la que nos hace mostrar nuestra ignorancia.
Ya que, una vez más, mentimos, aun sin darnos cuenta, porque nos da miedo afrontar la verdad.
La culpa no la tienen los demás, que nos hacen ponernos la máscara; la culpa la tenemos nosotros, que creemos que nos la tenemos que poner. Y esa mentira la gritamos con todas nuestras fuerzas, entre lágrimas de rabia, porque empezamos a ver la realidad y queremos cerrar los ojos; porque empezamos a vislumbrar lo impensable.

Porque empezamos a darnos cuenta de que cada noche, al llegar a casa, frente al espejo, unos pocos elegidos afortunados se quitan la máscara para ver su reflejo sin rostro, señal inequívoca de que han dejado de existir, de que sin su máscara ya no son nada.
Y empezamos a darnos cuenta de que el resto de nosotros, con menos suerte, no es tan agraciado. Sólo podemos contemplar, impotentes, antes de que nos aprese la desesperación, que frente al espejo no nos podemos quitar esa máscara que nos pusimos tanto tiempo atrás y que cada día, hora a hora, minuto a minuto, nos parecemos más a aquello que odiamos y prometimos no ser nunca…

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Viajero nostálgico
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Una respuesta a Máscaras

  1. Laura dijo:

    sin palabras…"Y callando nos matamos y morimos poco a poco", nunca he estado más de acuerdo con nadie en este sentido…Me encanta tu metáfora de la máscara…cuando nos miramos al espejo y ya no tenemos rostro porque somos lo que tanto odiamos…(tenemos que hablar en el msn!)

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