Soledad


La soledad es muy hermosa… cuando se tiene a alguien a quien decírselo.
Gustavo Adolfo Bécquer

Nacemos solos, morimos solos. Aun si los nuestros nos rodean en nuestro lecho de muerte, lo cierto es que abandonamos la vida… solos. La soledad es el principio y el final de todo, y aun así, aunque venimos de ella y a ella volvemos, nos da miedo verla de frente. Lo cierto es que pocas veces somos capaces de admitir el miedo que nos da; por eso avanzamos rodeándonos de más y más gente, personas anónimas, rostros sin nombre, sólo para poder crear la ilusión de que no estamos solos.
La soledad nos cubre como un manto de pesar, de dolor; la soledad no sólo es la causa de que nos alejemos de la gente, sino también la causa de que la gente se aleje de nosotros. Y cuando nos sentimos solos, sin raíces, sin nada ni nadie, nos volvemos peligrosos, porque creemos que no tenemos nada que perder. Y el pensamiento en si, racional o no, lógico o no, puede entenderse… Es muy triste llegar a casa sabiendo que no nos espera nadie; es muy triste llegar a casa sabiendo que esa noche nadie pensará en nosotros. Es muy triste llegar al final del camino y que nadie nos recuerde… La soledad duele, es como una garra helada atenazando el corazón con un odio frío e implacable, y por eso la queremos evitar a toda costa. Creemos que no hay mal mayor que no sentir a nadie alrededor, que ninguna sensación es comparable a estar solos. Y, como siempre, nos equivocamos.

No nos damos cuenta que mucho peor que no sentir a nadie alrededor, que mucho peor que estar solos, es sentirnos solos en medio de un montón de gente. Nos rodeamos de gente con la que apenas hemos compartido unas pocas horas y estamos orgullosos de decir que cada vez tenemos más y más amigos. Y conforme la multitud crece y el círculo se agranda, el cerco se estrecha en torno a nosotros mismos. Comenzamos a imponer nuestros pensamientos, nuestras creencias. Empezamos a querer ser el centro de atención sin darnos cuenta de que ya lo somos por el simple hecho de que lo hemos dibujado a propósito, con nuestra persona como eje. Nos empeñamos en demostrar que podemos hacer algo bien, que hay algo que nos hacer ser únicos, que nos desdibuja de esa masa sin nombre. Insistimos en estar siempre presente, con la excusa de que el grupo sólo es el  grupo si estamos todos. Lo hacemos de forma casual, como sin querer, y cuando nos abrimos a otro confesamos que tenemos miedo de que el grupo se desintegre si nosotros no estamos allí. Pero lo hacemos porque no podemos afrontar la verdad:
No nos preocupa que nuestro grupo se desintegre porque no estamos allí.
Tememos que no pase nada… Que no importemos…

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Viajero nostálgico
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